Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Rafael Pastorino Cabo

Virgen de Regla

SALITRE Y PAJUELAS

La bodega de Florido Hermanos era una fiesta aquella tarde de fin de vendimia. Las risas entre los trabajadores y los proveedores de uva despejaban cualquier sospecha de descontento entre ellos. Todos parecían haber hecho una buena temporada y copeaban alegremente por el amplio patio. Hablaban formando animados corrillos a la sombra, junto al lagar, ya limpio y despejado.
Arango deambulaba jarra en mano repartiendo alegría entre los catavinos vacíos.
Eugenio buscó a su abuelo en la oficina, junto a la entrada de la bodega, como casi todos los días cuando salía del colegio. Era sábado. Y los sábados no fallaba.
-Juan, ahí está tu nieto.-dijo Arango señalando hacia la puerta.
Juan hizo un gesto con la mano desde el cobertizo del lagar, como si quisiera atraer la calle a su barriga.
-Os espero en la bodega de mi abuelo. No tardéis mucho.-dijo Olo continuando la marcha.
Eugenio se quitó de la calle entrando decididamente a cumplir el objetivo.
-Vamos, Carmelo. Verás como hay un montón de pajuelas.
Habían buscado en el diccionario la palabra pólvora,para cerciorarse de que habían oído bien a los mayores cuáles eran sus componentes.
Carmelo ya tenía un cagajón de carbón coque y sabía donde dormían varias toneladas más. Entre él y Olo tenían más cañones que el San Juan Nepomuceno, aunque les faltasen algunos retoques para poderlos utilizar.
Antes del recreo se habían turnado para pedir permiso y limpiar de salitre las juntas de los azulejos de los servicios del colegio. Iban y venían con una tiza y un sobre hecho con papel de libreta. Arrastraban la tiza y recogían los pelos de salitre en el sobre. Los retretes llevaban cerrados un par de semanas y los pelos parecían alfileres congelados. Buen material; pero escaso. Les pareció.
En la bodega encontrarían azufre.

-¿Qué hay abuelo?-Saludó Eugenio besando a Juan.
A Carmelo le costaba aguantar la risa cada vez que veía al abuelo de su amigo; desde que le oyó una observación que le hizo mucha gracia. Solía decir muy serio que “todo el que se llama Juan es un mamaostias, ¡si lo sabré yo, que me llamo Juan!”.
Juan sabía que Carmelo arrugaba los ojos para aguantar la risa cuando lo miraba y le dijo embruteciendo la voz:
-Tú no te llamarás Juan, ¿ no?
Carmelo rió abiertamente mezclando su risa con la del abuelo de su amigo.
Eugenio fue ganando terreno hasta el lagar, acercándose a la puerta de la bodega de crianza. Carmelo seguía sus pasos zigzagueantes entre los grupúsculos de admiradores del buen vino.
-¡Quillo!¿Adónde van ustedes por ahí tan jinochos*?
Arango los detuvo en seco interponiéndose en su camino.
-A coger una pajuela para hacer pólvora, Manolo.
Eugenio mentía solo en el número de pajuelas que pretendía coger.
-¿Y ya está, ya está? Anda, anda. Venid conmigo que voy a llenar la jarra.
Siguieron a Arango entre pasillos de botas hasta llegar al último rincón de la bodega, donde se apilaban media docena de cajas de cartón. Manolo soltó la jarra en el suelo, sacó su navaja del bolsillo y cortó el precinto de la caja superior. Metió la mano y sacó cuatro pajuelas. Luego volvió a meter dos de ellas en la caja y la cerró, superponiéndole el precinto.
-Con esto tenéis de sobra, joé, que de ahí sale pólvora para caer el faro.

Pajuela de azufre

Desde donde estaban podían ver la calle y el taller de bicicletas.
-Arango, éste no ha probao nunca el moscatel de esta bota.- dijo Eugenio pícaramente, señalando una de las más viejas de la línea de solera.
-Eso lo arreglamos ahora mismo.-Contestó Arango como si hubiese estado esperando el comentario.
Cogió una venencia de caña y tres copas. Quitó la corcha a la bota e introdujo la venencia mientras ordenaba las copas entre los dedos de la otra mano. Sacó la venencia, la alzó al aire, se perfiló como un torero antes de entrar a matar y dejó escapar un chorro de caramelo oscuro hasta llenar una de las copas de su mano izquierda. Aquella tarde, el maestro Manuel Díaz Arango entró a matar otras dos veces sin que cayese una sola lágrima al suelo.
-Toma. Bébelo muy despacio y saboréalo-ofreció la primera copa a Carmelo.
-¿Esto es arrope?-preguntó Carmelo sorprendido, al ver su color y viscosidad.
-Esto es moscatel muy viejo. Es la madre del moscatel. Éste se llama lágrima. Mira. Mira cómo deja la copa.¡Caramelo puro!
-¿Todo esto es moscatel?-se interesó Carmelo mirando a su alrededor.
-No.Mira, las botas de abajo tienen el vino más viejo. Estas cuatro son de moscatel lágrima, Las demás de esta calle son de oloroso.

El mítico moscatel Pico-Plata.

-Manolo, dile cómo se hace el Picoplata.-dijo Eugenio para ir calentando el pico de Arango.
Arango no le siguió el juego. Dejó en su sitio las copas y la venencia, tapó la bota y cogió la jarra.
-Vámonos, que me están esperando con el vino.
Entró en otra calle y llenó la jarra de una canilla sin telarañas.
Eugenio guardó las dos pajuelas debajo de la camisa y salieron a la calle del Padre Lerchundi tan alegres como si hubiesen estado toda la tarde en aquel patio de risas.

Antes de llegar a la cercana bodega de Valdés, marcaron el territorio en la tapia del huerto de Pinzorra, echaron una miradita a las carteleras y le preguntaron al Chuti qué película pondrían al día siguiente.
-La Cruz del Faraón.-les contestó con una risita socarrona.
Empujaron una hoja de la puerta de la bodega, pasaron y la volvieron a encajar.
Olo saludó señalando un rincón, detrás de la prensa.
-Aquí hay salitre. Saca el sobre, Carmelo. ¡Mira qué pelos!Añadió como si mostrase un abrigo de oso polar.
Azulejos con salitre



escrito el 22 de noviembre de 2011 por en General


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1 Comentario en SALITRE Y PAJUELAS

  1. Elena Castro | 26-12-2011 a las 23:04 | Denunciar Comentario
    1

    NO ME GUSTA NADA EL LIBRO DEL CAPITÁN VENENO DEBERÍA DEJAR QUE ELIGIÉRAMOS NOSOTROS.

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