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Rafael Pastorino Cabo

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SALITRE Y PAJUELAS

escrito el 22 de noviembre de 2011 por en General

La bodega de Florido Hermanos era una fiesta aquella tarde de fin de vendimia. Las risas entre los trabajadores y los proveedores de uva despejaban cualquier sospecha de descontento entre ellos. Todos parecían haber hecho una buena temporada y copeaban alegremente por el amplio patio. Hablaban formando animados corrillos a la sombra, junto al lagar, ya limpio y despejado.
Arango deambulaba jarra en mano repartiendo alegría entre los catavinos vacíos.
Eugenio buscó a su abuelo en la oficina, junto a la entrada de la bodega, como casi todos los días cuando salía del colegio. Era sábado. Y los sábados no fallaba.
-Juan, ahí está tu nieto.-dijo Arango señalando hacia la puerta.
Juan hizo un gesto con la mano desde el cobertizo del lagar, como si quisiera atraer la calle a su barriga.
-Os espero en la bodega de mi abuelo. No tardéis mucho.-dijo Olo continuando la marcha.
Eugenio se quitó de la calle entrando decididamente a cumplir el objetivo.
-Vamos, Carmelo. Verás como hay un montón de pajuelas.
Habían buscado en el diccionario la palabra pólvora,para cerciorarse de que habían oído bien a los mayores cuáles eran sus componentes.
Carmelo ya tenía un cagajón de carbón coque y sabía donde dormían varias toneladas más. Entre él y Olo tenían más cañones que el San Juan Nepomuceno, aunque les faltasen algunos retoques para poderlos utilizar.
Antes del recreo se habían turnado para pedir permiso y limpiar de salitre las juntas de los azulejos de los servicios del colegio. Iban y venían con una tiza y un sobre hecho con papel de libreta. Arrastraban la tiza y recogían los pelos de salitre en el sobre. Los retretes llevaban cerrados un par de semanas y los pelos parecían alfileres congelados. Buen material; pero escaso. Les pareció.
En la bodega encontrarían azufre.

-¿Qué hay abuelo?-Saludó Eugenio besando a Juan.
A Carmelo le costaba aguantar la risa cada vez que veía al abuelo de su amigo; desde que le oyó una observación que le hizo mucha gracia. Solía decir muy serio que “todo el que se llama Juan es un mamaostias, ¡si lo sabré yo, que me llamo Juan!”.
Juan sabía que Carmelo arrugaba los ojos para aguantar la risa cuando lo miraba y le dijo embruteciendo la voz:
-Tú no te llamarás Juan, ¿ no?
Carmelo rió abiertamente mezclando su risa con la del abuelo de su amigo.
Eugenio fue ganando terreno hasta el lagar, acercándose a la puerta de la bodega de crianza. Carmelo seguía sus pasos zigzagueantes entre los grupúsculos de admiradores del buen vino.
-¡Quillo!¿Adónde van ustedes por ahí tan jinochos*?
Arango los detuvo en seco interponiéndose en su camino.
-A coger una pajuela para hacer pólvora, Manolo.
Eugenio mentía solo en el número de pajuelas que pretendía coger.
-¿Y ya está, ya está? Anda, anda. Venid conmigo que voy a llenar la jarra.
Siguieron a Arango entre pasillos de botas hasta llegar al último rincón de la bodega, donde se apilaban media docena de cajas de cartón. Manolo soltó la jarra en el suelo, sacó su navaja del bolsillo y cortó el precinto de la caja superior. Metió la mano y sacó cuatro pajuelas. Luego volvió a meter dos de ellas en la caja y la cerró, superponiéndole el precinto.
-Con esto tenéis de sobra, joé, que de ahí sale pólvora para caer el faro.

Pajuela de azufre

Desde donde estaban podían ver la calle y el taller de bicicletas.
-Arango, éste no ha probao nunca el moscatel de esta bota.- dijo Eugenio pícaramente, señalando una de las más viejas de la línea de solera.
-Eso lo arreglamos ahora mismo.-Contestó Arango como si hubiese estado esperando el comentario.
Cogió una venencia de caña y tres copas. Quitó la corcha a la bota e introdujo la venencia mientras ordenaba las copas entre los dedos de la otra mano. Sacó la venencia, la alzó al aire, se perfiló como un torero antes de entrar a matar y dejó escapar un chorro de caramelo oscuro hasta llenar una de las copas de su mano izquierda. Aquella tarde, el maestro Manuel Díaz Arango entró a matar otras dos veces sin que cayese una sola lágrima al suelo.
-Toma. Bébelo muy despacio y saboréalo-ofreció la primera copa a Carmelo.
-¿Esto es arrope?-preguntó Carmelo sorprendido, al ver su color y viscosidad.
-Esto es moscatel muy viejo. Es la madre del moscatel. Éste se llama lágrima. Mira. Mira cómo deja la copa.¡Caramelo puro!
-¿Todo esto es moscatel?-se interesó Carmelo mirando a su alrededor.
-No.Mira, las botas de abajo tienen el vino más viejo. Estas cuatro son de moscatel lágrima, Las demás de esta calle son de oloroso.

El mítico moscatel Pico-Plata.

-Manolo, dile cómo se hace el Picoplata.-dijo Eugenio para ir calentando el pico de Arango.
Arango no le siguió el juego. Dejó en su sitio las copas y la venencia, tapó la bota y cogió la jarra.
-Vámonos, que me están esperando con el vino.
Entró en otra calle y llenó la jarra de una canilla sin telarañas.
Eugenio guardó las dos pajuelas debajo de la camisa y salieron a la calle del Padre Lerchundi tan alegres como si hubiesen estado toda la tarde en aquel patio de risas.

Antes de llegar a la cercana bodega de Valdés, marcaron el territorio en la tapia del huerto de Pinzorra, echaron una miradita a las carteleras y le preguntaron al Chuti qué película pondrían al día siguiente.
-La Cruz del Faraón.-les contestó con una risita socarrona.
Empujaron una hoja de la puerta de la bodega, pasaron y la volvieron a encajar.
Olo saludó señalando un rincón, detrás de la prensa.
-Aquí hay salitre. Saca el sobre, Carmelo. ¡Mira qué pelos!Añadió como si mostrase un abrigo de oso polar.
Azulejos con salitre


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ARRUCHI

escrito el 17 de noviembre de 2011 por en General
La lluvia caída con insistencia parecía haberse cebado con el pilar de hierro fundido de la esquina del Colmado. Alguna derivación del tendido eléctrico público o de la deficiente instalación de la tienda convertían la pared en una especie de respaldo de silla eléctrica de bajo voltaje.
Perico, uno de los hijos de Juanito, el de la luz, daba explicaciones acerca del fenómeno que ponía los pelos de punta y hacía respingar a todo el que se dejaba caer en la fachada de Manolo Ferreira, más conocido por Manolo, el del Colmao.
Perico decía “pon la mano aquí” y los chiquillos daban una encojetá patrá que les mudaba el color.
Enfrente, en la otra esquina, el farmacéutico despachaba a una concurrida clientela.

La cosecha de bolos había sido más que aceptable gracias a la aportación de los americanitos. Así que el reparto del botín dio para tirar las campanas al vuelo.
Lucas se dio prisa en ofrecer su mercancía en el mismo lote que vendía las canicas de su hermano pequeño. Los bolos de mármol se los quitaban de las manos y los de cristal, idem de lo mismo.
-Pelma, me quedan los tres más bonitos. Estos dos para mí y este de mármol para tí. Ya tenemos para las pastillas.
Carmelo esperaba turno en la barbería de Paquito. Era el próximo en pasar bajo el imperio de las tijeras. Miró con pena el bajonazo que había dado su tesoro de perlas.De no caberles en las manos a uno solo. Se recreó en la belleza y perfección del bolo americano y se resignó al guardar su canica de mármol veteado en un bolsillo. Nunca había tenido un bolo tan hermoso. Nunca había visto a nadie un bolo de maña como el suyo.
-¡Con todos los bolos que teníamos hace un rato y nos hemos quedado arruchi sin jugar siquiera !
-Pero tenemos dinerito para estrenar los cañoncitos.
Lucas le puso unas monedas en la mano y le dijo que fuese a comprar una cajita de pastillas de clorato, para las llagas.
-Es que ahora me toca pelarme.
-Tienes tiempo de sobra. Yo te aviso.A ver la boca.Ábrela.
Carmelo abrió la boca para que pudiese verle las llagas.
-¡Como un Cristo!¡Qué apañao eres, joé!
-Hice lo que me dijiste. He chupao en el grifo del colegio y luego me he estado dando bocaditos por los pellejitos de la boca.
-Vale. No chupes más en el grifo, que ya ves lo que pasa. ¿Te duele?
-Un poco.
-Venga, acércate al Nono, que ese te las da. Tú enséñale la boca.
Carmelo había oído que si el farmacéutico no te veía las llagas, no había nada que hacer: te ibas sin pastillas a hacer una porquería de pólvora.
-¿Qué quiere el señor?
Carmelo abrió la boca exagerando un poco el dolor que le producían las llagas.
-Dice mi padre que me dé una caja de pastillas para las llagas.
-¿Una caja? Eso se te quita con dos pastillas.
-Es que mi hermano también las tiene. Mi padre me ha dicho una caja.
El Nono cogió el dinero y le dio una caja de clorato potásico, casi casi convencido de que Carmelo se tomaría las pastillas. Lo siguió con la mirada viendo cómo cruzaba la calle y se metía en la barbería, daba la cajita a Lucas y éste sacaba una de las tabletas para que su hermanillo se la metiese en la boca. El farmacéutico se emocionó.”¡Ya era hora de que algún niño comprase clorato para las llagas en vez de para hacer pólvora!”, se dijo.
-Estas las machacamos en cuanto te peles. Anda, sube, que te toca ya.Te espero en el taller del Perico.
-Vale. No toques la pared, que da calambre.
-Ya lo sé, Pelma.
Paquito le hizo la fiesta y la reverencia de costumbre.
-Suba al trono, majestad. ¿Cómo se va a pelar el caballero?
El barbero sabía cómo tratar a los niños.
-Dice mi madre que me pele al Alfonso.
-Eso está hecho, campeón.


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LA FLOR BLANCA

escrito el 15 de noviembre de 2011 por en General

Maruja cogió de la mano a su ahijado y se lo llevó de carabina a mediodía para traerlo de vuelta a la hora de la cena. Era el 3 de junio de 1963. Un día espléndido; de esos en los que no hace ni frío ni calor.
Carmelo estuvo toda la tarde saltando de carro en carro, montando mulos y caballos a pelo, cogiendo arreos, cencerros y cascabeles. Corría por el corral terrizo desde la calesa hasta los mulos;ora de indio, ora de vaquero. Lanzaba flechas desde la calesa, saltaba y rodaba por el suelo para disparar su colt 45 desde la paja amontonada entre los cascos del mulo. Hasta que se le acabó la munición del colt y se le despintó el arco de la mente.
– Tita,¿cuándo nos vamos?
Maruja conversaba con su futura suegra y con varias muchachas que cosían bastante menos de lo que hablaban. El niño se acercó para que le hiciesen caso pero se le olvidó lo que quería cuando las muchachas empezaron a meterle los dedos por los rizos.
Las campanas de la parroquia rompieron el silencio de la siesta con redobles cadenciosos y machacones. Tocaban a difunto y las preguntas del mujerío sucedieron a sus miradas de espantijo.
– ¿Quién se ha muerto?
Todas preguntaban lo mismo. Todas contestaban con el mismo mohín.
– Carmelo, acércate a casa de Manolo Castro y le preguntas si sabe quién se ha muerto.
Carmelo se ahorró el viaje porque coincidió que Margarita, la mujer de Manolo Castro, entraba con la noticia en la boca y con su hijo Pepín de la mano.
-¡ El Papa ! ¡Se ha muerto el Papa! Lo está diciendo la radio.
Parecía que las campanas arreciaban su redoble, como si hubiesen recibido la confirmación del acontecimiento.
-TANTAN-TAN…TANTATÁN .
-TAN-TAN-TAN.
-¿Jugamos?
-¿A qué?
-A indios y vaqueros. Toma, esto es la pistola. Y el arco, pa mí.
Pepín aceptó de mala gana y al cuarto salto bajo el mulo dijo yo no juego más.
El indio soltó las flechas y el vaquero cambió la pistola por una pipeta.
El diálogo de las campanas acompañó durante toda la tarde las conversaciones de las mujeres mientras la noticia volaba de un patio a otro y Pepín explicaba a Carmelo las excelencias de los caldos que contenían las botas y bocoyes de la bodega.
Carmelo aprendió a distinguir entre un buen oloroso y un soberbio moscatel entrando por la Calle Larga y saliendo por el Callejón 18 de julio, sin flechas.
Oscureció cuando ya había algunas luces encendidas y Pepín dio por finalizada la jornada.
– Te llama tu tía.
– Adiós.
Pepín pasó por el corral volando y tropezó con el chino de la casapuerta. Dio dos saltitos a la pata coja, se giró para fijarse bien en el chino en el que no se fijó antes y volvió a coger vuelo.Su madre ya se había ido, al igual que la mayoría de las mujeres. Carmelo se acercó a su tía y se echó en su regazo, donde se le terminó de hacer de noche.
– No te duermas, gorrión. Anda, que ya nos vamos.
Maruja se despidió de sus suegros y le ofreció la mano al pequeño indio reventado.
– Mira qué flor más bonita, Carmelo.
– ¿Cómo se llama ?
– Es una flor de noche.


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